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Bahía de Caráquez: Paraíso al pie del estuario

Llegó la fórmula envidiable de arena, sol y mar. El pensamiento del turista se sumerge en ella, atraído por los salinos y frescos vientos costeros del rico y magnético aroma. Cada semana, por estos meses la gente viaja en busca de aventura a diversos balnearios del país.

Esta vez, la consigna era abandonar los límites de Guayas, con dirección al norte, hacia Manabí, provincia que ofrece infinidad de propuestas interesantes. Una de ellas es Bahía de Caráquez, en el cantón Sucre, a 4 horas y media de camino, por una carretera renovada e impecable. Vamos en busca del puente más largo del país inaugurado hace menos de un año, que revitaliza el turismo en el sector y que conecta a Bahía con San Vicente, dejando atrás, casi por completo, el traslado en gabarra y lanchas.

El mar agitado por el primer aguaje de la temporada, da la bienvenida con estruendosa "algarabía" al chocar las rápidas olas con el malecón, junto a la avenida Sixto Durán-Ballén, nombre de uno de los promotores del crecimiento de Bahía en la década del 90.

Junto al malecón Alberto Santos y La Unión, ya casi no hay playa, los fenómenos climáticos y el crecimiento de las construcciones al pie del mar le han arrebatado casi por completo ese preciado bien a la población.

Los residentes del lugar se apuestan en las calles a ver el "espectáculo marino". Uno que otro arriesgado, se lanza al agua sin medir el peligro. Entre risas y gritos de emoción familias enteras, pero sobre todo los jóvenes, desafían a la naturaleza. Y, hasta los surfistas aprovechaban el evento natural para tomar las mejores olas.

Más adelante, el antiguo faro, también ha sufrido el efecto de las construcciones, su posición, hace décadas a 500 metros de tierra firme, hoy se sitúa a menos de 100. Muchas historias se tejen alrededor de este. Una de ellas señala que allí, en alguna época, los pescadores eran, supuestamente, seducidos por los cantos de las sirenas, que provenían del faro. Quienes seguían las voces eran atrapados por las olas que chocaban contra la torre de luz guía, y se ahogaban.

Dejando atrás el espectáculo del aguaje, literal

mente, le dimos la espalda al mar, y nos dirigimos al mirador de Bahía, otro de sus puntos turísticos. En el ascenso al cerro de la ciudad, se divisa la antigua casa de los Velasco, una de las primeras familias aristocráticas del lugar, que construyeron su hogar en la calle Mejía, y que aún se mantiene en pie. A decir de los vecinos y de los pocos que han podido visitarla, es una joya que al ingresar te traslada a inicios del siglo XX.

En carro o en tricimoto ecológica (sin motor), se llega al cerro donde está la Cruz, a cuya cúspide se accede subiendo 80 escalones. Ahí le espera al visitante un mirador construido, según la leyenda, para alejar al diablo que, vestido de negro y en caballo azabache, rondaba la zona.

Desde allí se observa no más de 30 edificios altos y centenares de casas de este antiguo puerto, al océano Pacífico, la unión de este con el río Chone, y su novedoso puente.

En casa, pero de lujo

Un punto divisorio entre Bahía y la parroquia Leonidas Plaza, donde está Casa Ceibo, único hotel resort en Sudamérica con certificación Green Star Diamond (Estrella diamante verde), otorgada en 2010, por la Academia Americana de las Ciencias de la Hospitalidad, avalada por el multimillonario Donald Trump, por su extraordinario servicio de lujo, compromiso con el medio ambiente y con la sociedad. Bien podría o debería llamarse Paraíso.

Es un lugar digno de los dioses, o de quienes anhelan sentirse como tales, al menos por unos días, alejados del ruido y el estrés, para trasladarse a un hotel con capacidad para 10 mil personas al año, que hasta el momento no supera el 20% de visitas, porque pese a su valía el mundo aún no lo conoce del todo, pero Daniel Jácome, su dueño y miembro del grupo musical Tercer Mundo, tiene la esperanza de convertirlo en "el mejor hotel de Sudamérica". No es para menos, en 2002, recibió la certificación Smart Voyager, reconocida por la Unesco, por su vínculo y manejo detallado con la sostenibilidad en 3 aspectos: turístico, ecológico y social. "Todos nuestros productos son biodegradables. Evitamos el uso de pesticidas y botellas de plástico", recalca JavierPáez, gerente.

Como parte del compromiso con la sociedad donaron una planta de tratamiento de purificación de agua para una comunidad pobre, beneficiando a más de 250 familias. En conjunto, con la facultad de Biología de la Universidad Católica (Quito) reforestaron más de 2 mil plantas de mangle, entre otros emprendimientos y apoyo a la sociedad, comenta Páez, uno de los cuales está en la comuna Puerto Portobelo, encargada de los circuitos turísticos comunitarios de la Isla Corazón, edén natural que en su época se llamó así por su belleza frondosa en manglares que dibujaba la forma de un corazón. Hoy, por la tala indiscriminada del manglar desde los 70, década del bum camaronero, la realidad cambió. "Ese corazón más parece un hígado o un cometa", sostiene Javier.

De las 365 mil hectáreas de mangle hoy solo queda el 10%, de esta cifra, el 5% fue reforestado por la Asociación Manglar (Asomaglar), que desde 1998 opera en la zona como alternativa de vida, apoyada por el Banco Internacional y organizaciones extranjeras, al verse impedidos de seguir con la pesca artesanal, la cual ya no da frutos como antes.

En una lancha especial, tipo pantanera que, a decir de Javier, es única en el país, con capacidad para 10 personas, navegamos por el estuario del río Chone. En el recorrido nos enteramos de que a la Isla de los Pájaros solo le queda el nombre. Las aves huyeron en la medida que se las fue despojando del manglar, el cual fue reemplazado indiscriminadamente por piscinas camaroneras, sobre todo en las décadas de los 80 y 90.

Pese a ello, en la zona aún existen varios tipos de manglar, con predominio del rojo, más de 60 especies de aves reconocidas, cangrejos y pocos peces. El sedimento malogró esa zona de navegación que tuvo 60 metros de profundidad, en la que ingresaban grandes embarcaciones. Hoy su hondura no supera los 6 metros.

Luego de unos 20 minutos, la embarcación acodera en el muelle de Puerto Portobelo. El cuerpo de recepción del lugar tiene como carta de presentación la gran sonrisa del entusiasta Francisco Reyes, "El viejo", uno de los 10 guías naturalistas de la zona, parte de las 13 familias favorecidas con la operación de los tours por Isla Corazón. Hombres y mujeres que dejaron las redes porque "ya no se puede pescar mayor cosa", se instruyeron en turismo para no dejar morir "los latidos" de "Corazón".

Pequeñas y rústicas cabañas levantadas en el sitio reciben entre 150 y 200 visitas mensuales. En una de ellas está la "Torre de interpretación", una cabañita de dos pisos donde el viajero se entera más a fondo de la realidad del sitio.

Diógenes Moreira y Francisco, a través de sus palabras, trasmiten el amor a sus raíces. Por momentos a Francisco se le quiebra la voz y se le llenan de lágrimas sus ojos al reconocer que ellos formaron parte del proceso destructivo, sin saber entonces las consecuencias ambientales y económicas que les acarrearía a todos.

La dramática tala

Recuerda que por necesidad los pobladores trabajaron para las camaroneras talando el bosque. "Nos pagaban 250 sucres el día", suspira con una mezcla de vergüenza y frustración. Fotos aéreas del sitio explican sus lágrimas.

En el 69 se ve el mangle en todo su esplendor, frondoso y "lleno de vida". Para 1986, otra imagen desde el mismo ángulo revela el reemplazo de los árboles por las camaroneras, pero sin duda la gráfica capturada en el 2008 es la más dramática de todas. La presencia del bosque es casi nulo.

Hecho el daño, la comunidad no se quedó de brazos cruzados, desde 1998 empezó a reforestar, inclusive a riesgo de sus vidas. En medio de las aguas, mientras sembraban las nuevas raíces de mangle eran atacados por los filudos picos de los peces bruja, que incluso llegaban a "anidar" huevos en sus pies. "Yo casi pierdo la pierna. Me tuvieron que operar y me sacaron varios huevos de pez", narra Francisco con orgullo.

Es que, para él, al igual que para sus colegas, los riesgos, aunque frustrantes al inicio, son gratificantes debido a la acogida turística, que aún no alcanza los niveles esperados, pero siguen con paso firme y seguro.

Sin perder tiempo, nos dirigimos en bote al interior de la isla. La marea baja impedía avanzar en barco, por lo que hubo que detenerse en el muelle adecuado con senderos altos para las visitas. El fango de la isla torna imposible pisar tierra. Allí, las envolventes y largas ramas de los mangles, relativamente tiernos, tapan el sol. Más adelante, el más "viejo" se puede divisar desde la torre-mirador de 3 niveles. Tiene 130 años y 35 metros de altura, es uno de los pocos antiguos.

Al abandonar la isla con la alegría de respirar aire puro y emocionados por la actitud de esta gente que denodadamente busca rescatar el amorfino, coplas con las que se conquistaba al ser amado o con las que se rompía definitivamente. Diógenes recita una de ellas: "Matita de manzanilla cargadita de semilla, como no te voy a querer si eres hijo de familia".

La gente de la zona tampoco quiere dejar morir leyendas como la del duende que narra Francisco, y que, según él, "es real", la cual cuenta que niños y niñas de ciertas características físicas, entre 10 y 12 años, eran conquistadas por el duende, que con regalos y seducción los atraía y solo podían ser despojados de las manos de este con ciertos secretos, que los pobladores no revelan en su totalidad. Estos son algunos de los encantos de esta hermosa población manabita de gente amable y luchadora. Sin duda, hay muchos lugares para hacerlo, uno de ellos es Casa Ceibo, sitio galardonado internacionalmente.

 

Tomado del Diario Expreso

Domingo 6 de Febrero 2011
Guayaquil, Ecuador